Se me ha condenado a esta silla, potro estático y vencido, pieza de los rebaños metálicos en su laberinto de tortura y oficina.
Que no se introduzca, a partir del anterior comentario, una interpretación equívoca de lo que digo.
Nada tengo contra las sillas de cafetería —comúnmente de madera— en su benévolo amasiato con las mesas, mucho menos contra los sillones reclinables.
Mi protesta es contra las sillas de oficina o sala de espera;
ellas trastornan de manera inevitable mi percepción del tiempo mientras lastiman mi espalda.
Pero están aquí, en cubículos y salones, en grandes cuartos iluminados.
Se nos presentan inocentes y nos dan confianza, pero poco sabemos que nuestra vida pasará ante nuestros ojos, con el solo hecho de poner nuestras incautas nalgas en ellas.
Por lo tanto, desde mi dolorosa postura, entre máquinas y papeles de letra inservible, contra discursos de filosofía laboral, desde los más escondidos recodos de silicio de mi
Pero acaso se preguntarán: ¿qué es lo que yo hago en una oficina?
Disculpen el comentario, pero habría que ser estúpido para creer que lo que yo hago aquí es trabajar.
No.
Lo que yo hago es quedarme sin mover un pelo
Nada tengo a mi favor y no me importa.
Pero mantengo una convicción:
prefiero la lúbrica naturaleza de la cama o el suelo,
ambos propicios para el sexo y la meditación,
caras opuestas de una misma moneda.
La postura horizontal,
como el canto en la regadera
me favorecen.
1 comentarios:
En las sillas de oficina yo si me he divertido, sobre todo en el banquito del mostrador del estudio...
Buenas letras, como siempre
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