del Capítulo 17 de Rayuela
…y toda esa francmasonería de sábado por
la noche en la pieza del estudiante o en el sótano de la peña, con muchachas que
prefieren bailar mientras escuchan Star Dust
o When your man is going to put you down,
y huelen despacio y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar
cuando es tarde y alguien ha puesto The
blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie,
balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera
arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las
muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la
noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres,
tomándolas con una sola frase caliente que las deja caer como una planta
cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto
al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve
a sí mismas, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado
siguiente, todo eso en una música que espanta a los cogotes de platea, a los
que creen que nada es de verdad si no hay programas impresos y acomodadores, y
así va el mundo y el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o
transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde y esta
noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarke
inaugura una cave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson, y Satchmo
por todas partes con el don de ubicuidad que le ha prestado el Señor, en Birmingham,
en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es
inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los
ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube
sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes,
de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora
al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal y precariamente los devuelve a un
origen traicionado, les señala que quizá había otros caminos y que el que
tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizás había otros caminos, y
que el que tomaron era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de
caminar y que no los tomaron, o los tomaron a medias, y que un hombre es
siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombre
porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que
un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero
de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad
que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha
enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la
primera frase de un blues, etcétera, etcétera.
I could sit right here and think a thousand miles
away,
I could sit right here and think a thousand miles
away,
Since I had the blues this bad, I can’t remember the
day...
Julio Cortázar

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